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La Conferencia de Aparecida y la Misión Continental

La realidad católica actual y la evangelización en América Latina
En el Santuario de Nuestra Señora Aparecida (situado a 160 km de la ciudad de São Paulo, Brasil), se realizó, entre el 13 y el 31 de mayo de 2007, la Quinta Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y el Caribe, sin duda el acontecimiento eclesial más importante de América Latina.

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Los obispos latinoamericanos y caribeños se congregaron allí para analizar la situación actual de la Iglesia Católica en nuestro continente y delinear el rumbo que ella ha de tomar en el futuro próximo.

La fe católica, que se estableció en el Continente desde el primer momento, marca profundamente nuestra historia, pues la recepción que tuvo fue positiva gracias a la poderosa acción del Espíritu Santo, que actuó por medio del esfuerzo evangelizador y la predisposición de muchos misioneros para llevar el Evangelio de Jesucristo a las culturas autóctonas de nuestras tierras de manera personal y sencilla. Se constata, sin embargo, que en numerosos pueblos la identidad cultural y cristiana es frágil y en muchos casos se va perdiendo porque en numerosos lugares los procesos de evangelización quedaron incompletos.

De esto se desprende que si la tradición católica y la decisión personal de seguir al Señor no se arraigan más profundamente en nuestro propio corazón mediante un encuentro personal, vivificante y transformador con Cristo, se corre el riesgo de que tales tradiciones sigan empobreciéndose y que las decisiones sigan diluyéndose en vastos sectores de la población, lo que significa una lamentable pérdida para el bien de nuestros pueblos y para todo el mundo católico.

Documento final de la Conferencia. En sus conclusiones, los obispos del continente recuerdan que “el patrimonio más valioso de la cultura de nuestros pueblos es la fe en Dios Amor”. Convencidos de esto y reconociendo las luces y las sombras existentes en el continente, los obispos se comprometieron a iniciar una nueva etapa pastoral en las actuales circunstancias históricas, marcada por un fuerte ardor apostólico y un mayor compromiso misionero para proponer el Evangelio de Cristo como camino a la vida verdadera.

Se propusieron, además, asumir la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios y recordar a los fieles que, en virtud de su bautismo, todos estamos llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Para ello se renovarán las comunidades eclesiales y las estructuras pastorales, a fin de encontrar nuevos cauces para la transmisión de la fe en Cristo.

La Misión Continental. Como uno de los principales frutos de la Conferencia, los obispos convocaron al pueblo católico latinoamericano y caribeño a iniciar una gran Misión Continental, como un nuevo Pentecostés, que los impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que no conocen a Jesucristo o saben muy poco de Él, y reforzar la fe que hoy existe en el continente americano mediante un nuevo y dinámico impulso evangelizador.

Para que esta Misión llegue a todos y sea permanente y profunda, los obispos del continente se comprometieron a “defender a los más débiles, especialmente a los niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de riesgo, ancianos, presos y emigrantes. También asumen la causa de contribuir a garantizar condiciones de vida dignas para todos; combatir los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico, e invitan a los dirigentes de las naciones de América Latina “a defender la verdad y velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la dignidad de la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural.”

La Misión Continental es un tiempo de gracia para la Iglesia peregrina en América Latina y el Caribe, una ocasión para tomar conciencia de su auténtica vocación cristiana. Es una Misión permanente, única y variada, que expresa la voluntad de la Iglesia, de ser discípula y misionera de Cristo para transmitir a los demás la alegría de la fe en el actual proceso de cambio que vive la sociedad en general.

Los agentes de la Misión. Los obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas consagrados y también los jóvenes laicos de ambos sexos son los agentes de la Misión, quienes han de vivir una profunda espiritualidad misionera bajo la luz y la guía del Espíritu Santo. Los agentes han de contar, además, con una formación teológica y misional, que podrán adquirir en los centros o institutos especializados ya existentes o en los que posteriormente se establezcan.

La Misión Continental cuenta con el apoyo decisivo de los laicos, llamados a vivir la vocación universal a la santidad y llevar a cabo la misión en sus propios ámbitos de familia y relaciones interpersonales. En este sentido, la participación de los movimientos de iglesia y de las agrupaciones de laicos, con su dinamismo e ímpetu propios, es fundamental para el éxito de la Misión. Para ello, se necesita renovar las estructuras pastorales de las diócesis, parroquias y pequeñas comunidades, a fin de impartirles una nueva perspectiva misionera.

La Misión se dirige a todos. La Misión está dirigida a la propia comunidad católica, para que se redescubra como colectividad viva y atractiva. También se dirige a los católicos bautizados pero alejados de la Iglesia, y a las clases dirigentes que se desenvuelven en los diversos espacios sociales, políticos, culturales y económicos de la sociedad latinoamericana y caribeña. Con la Misión se pretende llegar incluso a las personas indiferentes, que viven en los ámbitos socioculturales en los que Jesucristo por lo general está ausente: el hogar, el colegio, la universidad, el centro de investigación científica, y también en el ámbito del arte, el deporte, las nuevas tecnologías de comunicación e información, y en general, la familia humana sin exclusiones.

Para que sea eficaz, la Misión debe partir de la propia realidad social y cultural de las personas, las comunidades y los pueblos y tener presentes las experiencias misioneras ya realizadas en el pasado. Debe consistir en una proclamación centrada en la Palabra de Dios, en el anuncio de Jesucristo, así como en liturgias y celebraciones que incorporen las riquezas de la religiosidad popular, todo ello con la ternura y la misericordia propias de la devoción mariana.

Los objetivos de la Misión. Se espera que la Misión Continental infunda en la Iglesia presente en América Latina y del Caribe aquel fervor espiritual, valor y audacia de los apóstoles, como señala el mismo documento conclusivo (Aparecida 571) retomando un texto de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi del Papa Pablo VI: “Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo como Juan el Bautista, como Pedro, como Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir.”

En términos específicos, lo que se espera lograr con la Misión es:

~Promover una profunda conversión personal y pastoral de todos los agentes pastorales y evangelizadores, para que, con actitud de discípulos, todos podamos recomenzar desde Cristo una vida nueva en el Espíritu.

~Fomentar una formación kerigmática, integral y permanente que, siguiendo las orientaciones de Aparecida, logre impulsar una espiritualidad misionera, teniendo como eje la vida plena en Jesucristo.

~Hacer que las comunidades, organizaciones, asociaciones y movimientos católicos se pongan en estado de misión permanente, a fin de llegar hasta los sectores más alejados de la Iglesia, a los indiferentes y a los no creyentes.

~ Destacar en todo momento que la vida plena en Cristo es una actitud y un servicio que se ofrece a la sociedad y a las personas que la componen, para que puedan crecer y superar sus dolores y conflictos con un profundo sentido de humanidad.

Los obispos nos invitan a todos a hacer visible el amor y la solidaridad fraterna y promover el diálogo con los diferentes agentes sociales y religiosos: “Queremos abrazar a todo el continente para transmitirles el amor de Dios y el nuestro. Deseamos que este abrazo alcance también al mundo entero”, concluye el mensaje, confiando a Nuestra Señora Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe este nuevo impulso evangelizador que brota en toda América Latina y el Caribe, bajo el soplo del nuevo Pentecostés para nuestra Iglesia.?

Artículo compilado y adaptado por la redacción de la revista principalmente sobre la base del Documento de Aparecida y de la Misión Continental.

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Fuente: la-palabra

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